Ciudad que se pensó desde la tradición argentina, como epicentro de las imágenes. Cada vez más autónoma, más unitaria. Capital Federal, marco de apertura de gran parte de nuestras historias en cine una vez más abre a ese mundo. Que aquí involucra tres cuerpos. Uno ensimismado, en relación con su conflicto interno. Los otros, más en pugna con sus vínculos interpersonales: matrimonios, hijos… y compañeros de oficina. Una oficina que tristemente deviene ese segundo hogar que se traga las mejores horas del día. Dentro o fuera, el trío no tiene escapatoria: es devorado por la ciudad.
¿Cómo se posiciona Tute Cabrero en relación al cine de su época? ¿Mantiene su vigencia la ciudad de esos tiempos? Las imágenes de la película replican en aquel Nuevo Cine Argentino. Cámaras que ofrecen tiempos de ensimismamiento, silencios que ensordecen, primeros planos que conectan con el aquí y ahora de la situación pero por otro lado abren a un universo fuera de la misma —como uno frontal de Bruni (Luis Brandoni) en la calle acompañado por una esposa que pareciera verlo por primera vez en toda su dimensión—. Y en la forma del extrañamiento que reina en el ambiente, microclima que remarca tanto el carácter opresivo de la oficina como la problemática de una clase media que todavía poseía un colchón económico para permitirse el pensamiento alrededor de esas frustraciones. Pero también porque se sustrae de aquel hiperrealismo teatral de los sesenta, forma habitual en que se trabajaban los textos de Roberto “Tito” Cossa hasta el punto de ir más allá no solamente del modo de escritura del dramaturgo, sino del mayor convencionalismo que caracterizaría la carrera posterior de Juan José Jusid.
En relación al espacio, aparecen oposiciones contundentes entre colores claros en la oficina con los escenarios donde dominan los oscuros y las luces bajas. En relación a lo sonoro, dos elementos se destacan: por un lado, en el espacio laboral no entran sonidos del afuera —salvo las voces del jefe y el empleado, ambos desde apariciones efímeras—, recurso que no pretende ofrecer la idea de concentración en las tareas —de hecho, el personaje de Sosa (Pepe Soriano) se la pasa leyendo el diario durante los primeros minutos de película—. En dicho espacio envolvente las voces se van limitando cada vez más, reduciéndose al mínimo indispensable cuando llega el momento de tomar esa decisión crucial que les dejó la dirección de la empresa. El efecto inverso surge cuando los tres almuerzan, sin ya nada que decirse, en un ambiente poblado de ruidos. O el recurso a la voz en off, que lejos de jugar para el avance de la narración acompaña recuerdos desfasados del presente. Las imágenes del pasado acentúan el contraste con la situación actual del trío.
Tute Cabrero se prolonga hasta el presente. No tanto por las referencias hoy día obvias —la respuesta de Parenti (Juan Carlos Gené) a su hija sobre quiénes van ganando en la película de guerra que ve en televisión—, sino por el modo en que pone de manifiesto el funcionamiento de una sociedad en la que la competitividad disfraza la persistencia de la ley de la selva. La actualidad de frases como “racionalización” de la empresa o “tener la gente necesaria y pagarles lo que merecen” se unen con la estrategia empresarial de dejar a cargo de los empleados decisiones que en el fondo toman ellos. Así, reestablecen un orden que se vería amenazado por la unidad de los trabajadores. Sembrar ese individualismo que desprecia lo colectivo no es privativo de los últimos tiempos: Tute Cabrero sigue diciendo desde hace cincuenta y cinco años que eso forma parte de nuestra sociedad.
BIOS
