Casi todo sucede en los sueños

Por Santiago Damiani
#18FF · 2022
Privado: Sin lugar para los débiles
Zona liberada

1960 fue uno de los años que marcaron el principio del fin de la inocencia, un cambio de fuerzas: Godard desarticulaba el montaje clásico en Sin aliento; Antonioni disolvía la narración desapareciendo a su protagonista Anna (y, luego, desapareciendo su desaparición) en L’Avventura; Hitchcock, con Psicosis, hacía algo parecido: además de eliminar de la ecuación a Marion Crane en el primer tercio de la película, apuñalaba la inocencia de los hogares estadounidenses de la época. Las madres pueden ser tan malas que empujan a sus hijos a ser asesinos en serie, y te pueden matar en el baño de tu casa.

Hablo del fin de la inocencia porque, para mí, ver No Country for Old Men por primera vez a los dieciséis años implicó, en cierta forma, ese quiebre. Era una película prestigiosa, de la que hablaban mucho los youtubers de cine, realizada por los mismos directores de Fargo (película que le gustaba a mi madre). En Fargo, a la inversa que en Psicosis, su protagonista femenina Marge Gunderson aparece recién pasado el primer tercio de la película, y en No Country for Old Men es Llewelyn Moss –un veterano de Vietnam que se embrolla en un juego del gato y el ratón con un cazarecompensas luego de encontrarse una valija con dinero –quien es asesinado entrando el último tercio del film. Esa decisión de los hermanos Coen, junto con la ausencia de música, las escenas sin diálogos y el final abrupto, me dejaron entre la fascinación y el desconcierto. Mucho antes que todas las películas que nombré antes, los Coen me enseñaron a confiar en las imágenes (Farocki y su desconfianza vendrían después). Con los dos millones de dólares que robaba Llewelyn y acababan olvidados, así como los cuarenta mil que quedaban enterrados en la nieve en Fargo o se hundían en el pantano del Motel Bates en Psicosis, aprendí lo que era un Macguffin, y con la narración en imágenes (como definir al asesino Anton Chigurh a partir del cuidado que le da a sus texanas color borgoña de taco alto, o su conocimiento y minuciosidad para curarse las heridas) aprendí que, detrás de cámara, había un director que podía apelar a la inteligencia del espectador para que una los puntos por sí solo.

Después de dos de sus películas más caricaturescas y experimentales con respecto al humor, como lo son Crueldad intolerable y El quinteto de la muerte, los hermanos Coen realizan su obra más oscura, un sobrio ejercicio de neoclasicismo formal que excluye una inquietud por jugar con la narración, como el reiterado uso de viñetas aisladas, un casting coral y el derrumbe de las expectativas. No Country for Old Men es una parábola sobre la maldad en el corazón de Estados Unidos, el darse cuenta de la ausencia absoluta de un dios y de que esa ausencia siempre estuvo ahí (el mismo año, otro de los clasicistas más modernos, Paul Thomas Anderson, haría algo similar con Petróleo sangriento). La inocencia del sheriff Ed Tom Bell, que pasa de burlarse pícaramente de la preocupación de su compañero a descreer de los horrores que le toca presenciar, se ve minada ante la incomprensión y el miedo del mundo que lo rodea; por eso elige dar un paso al costado y pasar su vejez en el retiro.

No hay enfrentamiento final entre las partes involucradas ni se sabe qué ocurre con el dinero: a los Coen les importa más contar otra cosa. Por eso, en el final, nos quedamos con el sheriff narrando un sueño donde el calor de un fuego (un padre, un dios) lo acompañaría siempre. Pero despierta y sabe que no es así, porque ya casi nada sucede en los sueños. Con esta película, los Coen constatan y refinan como nunca el proyecto que comenzaron con Simplemente sangre, el de tomar los géneros clásicos del cine estadounidense y pervertirlos para que dialoguen mucho mejor con la violencia y la crueldad de la historia de su país. No Country for Old Men es un western donde el sheriff queda derrotado, un noir donde el asesino se va caminando impune y un drama en el que los débiles ya no tienen lugar.

BIO
Santiago Damiani
Nació en Buenos Aires en el año 2000. Estudia la Licenciatura en Sociología en la Universidad de Buenos Aires. Colabora con críticas para la revista Taipei, la editorial Club Pino y la revista cultural Bache y los fanzines del Festival Internacional de Cine de La Plata FestiFreak. Coedita la revista En otro orden.
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