Tiempo de revancha
Esta obra maestra del cine negro y audaz thriller político encubierto se erige como una pieza central del cine argentino y de la Trilogía Policial de Aristarain.
Pedro Bengoa, un ex-militante sindical, decide empezar de nuevo y acepta un puesto como experto en demoliciones en una poderosa y corrupta empresa minera. Un viejo compañero de militancia le propone el plan perfecto: idear una arriesgada maniobra para obtener una indemnización millonaria. Lo que comienza como un engaño calculado pronto se transforma en una lucha desesperada contra un sistema empresarial implacable, donde la verdad, la dignidad y la supervivencia tienen un precio cada vez más alto.
Tiempo de Revancha construye una alegoría feroz sobre los mecanismos del poder durante los años más oscuros de la dictadura argentina. Con una interpretación memorable de Federico Luppi, el film no solo es un relato de resistencia individual, sino también un retrato lúcido de cómo el silencio puede convertirse en la forma más radical de denuncia.
Nota
Tiempo de revancha: la imagen (des)comunal
Por Nuria Silva
Un pequeño Papá Noel de juguete ocupa el primer plano de la película. La extrañeza de su movimiento autómata reside en la repetición pero también en una especie de falta de correspondencia entre la intención y la forma: en la mano derecha lleva una pluma con la que simula escribir una carta, pero el brazo se mueve de arriba hacia abajo, como si estuviera apuñalando la hoja. Sobre la imagen, se oye un coro de niños que entona un villancico tan obsoleto como toda la parafernalia invernal navideña que completa el cuadro de un diciembre acalorado y engañosamente feliz. Todo parece fuera de lugar. El nombre de Federico Luppi aparece en pantalla sobre la imagen de aquel Papá Noel y así anticipa a Pedro Bengoa, un héroe disfrazado de obediente que dinamitará al gigante desde adentro, más literal que metafóricamente. Algo así como lo que habrá significado estrenar un policial negro de clara denuncia social en tiempos de dictadura, trampeando la censura y asegurando, finalmente, un éxito de taquilla en una época paupérrima para nuestra industria cinematográfica.
¿Y quién es Pedro Bengoa? Un dinamitero con pasado como líder sindical que busca reinsertarse en el campo laboral tras haber limpiado cualquier antecedente que pueda comprometerlo, empujado por una situación económica agobiante. ¿Y cuál es el gigante al que se deberá enfrentar? La TULSACO, una multinacional dedicada a la minería que se aprovecha del estado nefasto en que se encuentra la clase trabajadora para arremeter contra sus derechos, en gran parte gracias a la ausencia (y complicidad) de un Estado que criminaliza la protesta social, persiguiendo y asesinando con impunidad. Pero el trabajo no es peligroso si se lo sabe hacer, le dice Bengoa, palabras más, palabras menos, a uno de los ceos de la compañía, interpretado por Rodolfo Ranni. Para dejarlos todavía más tranquilos, remarca que la política es para los políticos y que a él sólo le importa que le paguen bien.
En su primer día de trabajo, Bengoa se reencuentra con un ex compañero sindicalista, Di Toro (Ulises Dumont), quien le advierte que la situación entre los empleados y la compañía se encuentra en un punto límite pero que mejor quedarse en el molde. La puntuación musical dice lo contrario; las notas atacadas de Emilio Kauderer elevan la intriga del montaje a un nivel prácticamente claustrofóbico. Nada va a quedar como está, nadie va a salir ileso, ni agachar la cabeza va a impedir que la cosa estalle. La presión adquiere la forma de un plan: Di Toro le propone a Bengoa provocar un accidente para iniciar una demanda fraudulenta a la empresa, con la ayuda de Larsen (Julio de Grazia) un abogado —“un chanta”— que tiene como as bajo la manga la posibilidad de extorsionar a TULSACO con pruebas de diversas irregularidades que comprometerían su permanencia.
Sobre el ritmo preciso y ajustado de un thriller clásico de oficio, Aristarain empuña una serie de decisiones formales punzantes en las que resulta imposible soslayar el carácter magnicida del escenario político de la época. Unos pocos planos alcanzan para señalar la muerte, la paranoia, la bronca, la necesidad de dar pelea. Los enunciados se tensionan hasta que toda alegoría o desplazamiento termina por irritarse en la más salvaje literalidad. Si el plan resultara exitoso no estaríamos hablando de una película negra, pero para Aristarain el fracaso de una salida individualista solo puede significar un triunfo colectivo. Y al silencio forzado de la época le respondió con la estridencia de una imagen final y (des)comunal.
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