“¿Quién es Jim Morrison?” es una pregunta que puede suscitar indignación en cualquier contexto, sobre todo si hablamos de probables compañeros de banda. Y más aún si se está por realizar la prueba a la que, supuestamente, el cantante de The Doors sometía a sus compañeros para testear su confianza y lealtad. Con esta prueba protagonizada por unos adolescentes que bien podrían haber salido de un libro de Stephen King comienza el nuevo corto de Joel Potrykus, Thing from the Factory by the Field: una chica le apunta con una ballesta a la aspirante a bajista de la banda, que tiene los ojos vendados. Si falla, está en la banda (que no sabemos si se llama Blue Moon, Nemesis o Infinite, algo muy en consonancia con el chiste de los Simpson en referencia a que las (feas feas) bandas de hair metal de los 80 sonaban todas iguales: “No somos Whitesnake, somos Poison”. “Creí que éramos Quiet Riot”. “Aquí dice que somos Ratt”). Si le acierta… bueno, no va a poder estar en ninguna banda. Es una versión macabra y llena de metal del cuento de William Tell.
En realidad, el corto inicia con los órganos envolventes y atronadores de “Mr. Crowley” de Ozzy Osbourne, en perfecto par con la intro de Mandy (Panos Cosmatos), en la que suena la hipnótica “Starless” de King Crimson. Es curioso cómo el reparto de personajes y miembros de la banda podría representar tres estilos distintos dentro del rock. El baterista alto y flaco, con rulos y una remera blanca ancha, el más cool y trippy de los cuatro, es el rock clásico y psicodélico. La dueña de la ballesta es el metal, con los ojos delineados y una campera de jean roja con espaldera de Metallica. La que parece la voz de la razón sería el rock “alternativo” —por decir de alguna manera— de los 70 y 80, que engloba al punk, el post punk y el rock gótico, entre varios etcéteras. Tiene los labios pintados de rojo, los ojos sombreados de negro y una remera de The Cure con unas medias de red vueltas remera por debajo. Lo mejor del corto es que la aspirante a bajista, cristiana y que no conoce a Morrison, termina teniendo más rock que todos juntos cuando Pazuzu, el demonio que une a Gorillaz con El exorcista, hace que se pique todo. (S.D.)
La relación entre rock y cine empezó con películas de jóvenes rebeldes, a veces protagonizadas por Elvis Presley o James Dean, que escandalizaban a fuerza de profanidad, violencia y bailes sensuales pero no tenían nada que ver con el terror. Por razones obvias el terror siempre se llevó bien con el metal, aunque el origen del vínculo no es tan temprano como podría sospecharse. En su autobiografía Iron Man: My Journey Through Heaven and Hell with Black Sabbath, Tony Iommi cuenta que no hay ninguna relación entre el nombre de su banda y la película de Mario Bava; en 1968 ninguno de los cuatro miembros sabía de su existencia. La metalización definitiva del terror se concretó en los 80, cuando italianos como Dario Argento empezaron a usar en sus películas canciones de Iron Maiden y Motörhead, Alice Cooper aprovechó su histrionismo para hacer pequeños papeles actorales, y Ozzy Osbourne y Gene Simmons aparecieron, un poco a modo de guiño humorístico, en una película sobre un cantante de metal muerto que cada vez que sonaba una canción suya volvía del más allá para electrificar adolescentes con la guitarra.
Lo de Joel Potrykus es especial: como a otros directores independientes de las últimas décadas le interesa más bucear por distintos géneros que meterse de lleno en alguno en particular. Sus personajes tienen algo slacker, no en el sentido jipón y amable que instaló en los 90 Richard Linklater, sino con un filo paranoico, obsesivo, border. Sus comedias siempre son oscuras y sus abordajes del terror, luminosos. Pero eso no significa que, a tono con ciertas tendencias del cine contemporáneo, las películas de Potrykus apunten a la indeterminación. Al contrario, están determinadas por fuerzas muy concretas; fuerzas en tensión que juegan con los límites, los presionan, rasguñan, mordisquean. Thing from the Factory by the Field respira esa molestia desde los primeros minutos: es evidente que algo terrible está por pasar, pero lo que vemos tiene tanta gracia que todo se vuelve liviano. Lejos del viejo terror climático que sobrecargaba el ambiente con violines, teclados y guitarras eléctricas a la espera del hachazo final, acá priman los grillos del bosque y algún que otro sintetizador tímido. Pegan muy bien con el vestido amarillo de nuestra heroína, que en una bella tarde soleada decide sacarse la cruz del cuello y morfarse las entrañas de un demonio fabril. (A.B.)
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